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Anécdotas (II): Comentarios de adolescente

Hace varios años, seguramente en torno a diez, era un adolescente que devoraba libros y que aplicaba el criterio personal, casi el único que tenía, para todo. Y era algo normal, lo más natural que existe: me gusta o no me gusta, sin importar nada más. No hay nada de malo en ello porque cada uno tiene sus gustos, pero lo cierto es que crecer también supone adquirir experiencia en todos los sentidos y más allá de mis estudios humanísticos, lo cierto es que creo que cualquier lector debe ir superando al adolescente que fue. Sin que por ello tenga que derrumbar a los adolescentes que ahora son.

Cuando empecé a navegar por internet, encontré el refugio perfecto para comentar sobre aquello que me gustaba, tan solo buscando a personas parecidas a mí, personas que apenas encontraba a mi alrededor físico. Aunque claro, también encontré a quienes aún habiendo leído libros que me gustaban, los consideraban malos o, en su defecto, mostraban sus aspectos negativos, sin necesidad justamente de destruir o vilipendiar el libro concreto. En uno de esos espacios cibernéticos recalé de casualidad y quizás en el usual arrebato adolescente, comenté tratando de defender a mi preciada lectura de lo que consideraba una crítica ignorante. En verdad, estaba tratando de defender mi orgullo. Estaba tratando de mostrarle a esa persona, a la que no conocía y cuyo criterio tampoco entendía entonces, que esa obra había significado mucho para mí, que era importante, que lejos de todos esos tecnicismos y argumentos, había cuestiones que no había tenido en cuenta. Es evidente que no las había tenido en cuenta, no era un adolescente ya, no era una de sus primeras lecturas voraces, no era, en definitiva, yo. El yo que fui.


Hoy quizás me da cierto sonrojo recordar aquel detalle, aunque recuerdo que se trató de un diálogo educado, dado que me respondió al comentario, y que no hubo exabruptos por ninguna parte. Es cierto que era un adolescente, pero creo que siempre he sido una persona sosegada, sobre todo teniendo el tiempo necesario para reflexionar, algo que las redes suelen permitir. Me respondió comentando que ahora no lo entendía, que quizás era un libro que a mí me había gustado mucho, pero que en un futuro comprendería esos defectos y, sobre todo, que aquella era su opinión. Al menos, ese es el recuerdo que mantengo de aquella situación, dado que no conservo ni aquella página, ni aquella reseña, ni su respuesta, ni siquiera mi nickname de entonces. Pero sí conservo la sensación de que tenía razón. De que ahora lo entiendo, de que sí, aquel libro me gustó, marcó parte del lector que soy hoy, pero también sé que tiene defectos, a pesar de los cuales le guardo cariño y aún me duele, inevitablemente, verlo criticado por otros, pero ya no comento para negar lo evidente. Me considero una persona que no reniega de aquel lector que fue, pero que al menos reconoce que no todo lo que me gustó o me sigue gustando, es bueno por el mero hecho de que a mí me gustase.

Por entonces, creo que no quise responder, no supe muy bien qué decirle y el tiempo pasó, el enlace se perdería entre tantas cosas, el detalle perdió su valor y hoy un hecho casual me trajo este recuerdo. No conozco a esa persona, nunca sabré quién fue, tampoco me interesa descubrirlo, no tiene importancia en sus detalles concretos. Lo relevante se encuentra en que no he podido olvidarlo, en que me trató bien, aunque tuviéramos opiniones distintas, en que hoy creo que adopto más su postura que la que entonces tuve, y que me satisface reconocer que sí, que he cambiado. Que ya no soy aquel adolescente. Pero que sin aquel adolescente, nunca hubiera sido quien soy hoy.


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Cuestión de calidad... o gusto

Hace varios años, cuando era adolescente, el mundo cultural me parecía mucho más sencillo que con la perspectiva que he ganado con el tiempo. En gran medida, cuanto más he aprendido de la literatura a través de mi carrera y de mis lecturas, mejor he podido percatarme de los parámetros que marcan la calidad de una obra literaria, aunque también he aprendido que esos parámetros depende del enfoque con el que estudies o analices determinada creación. Pero en ese estudio, que generalmente rehuye lo subjetivo para buscar la objetividad "científica" (si acaso existe), siempre, a lo largo de todos estos años, se ha desechado cualquier valoración personal e intrínseca de la persona y, a la vez, se han vapuleado todo lo que se ha denominado de forma artificiosa como mala literatura, generalmente desde cierta tendencia elitista.

Cuando me detengo a contemplar el cementerio de obras que esos comentarios han dejado a su paso, me he dado cuenta con qué facilidad se han finiquitado gran parte del tipo de novelas que me incitaron a continuar por el camino de la literatura, a prender la llama del interés por saber más, por conocer más, por leer más. En cierta forma, esos libros se convirtieron casi en un vicio inconfesable, a pesar de que me habían proporcionado horas de entretenimiento, de cierto ejercicio mental, comprensivo e imaginativo. Todo se reducía finalmente a los bodrios y a la literatura digna. Y en gran medida el corazón de mi yo adolescente se sentía adolecido. Aunque, en el fondo, siempre he comprendido que esas personas que hablaban desde el estrado tenían razón. Al menos, a medias...


Quizás por todo ello, quizás también por mi carácter, he perdido el entusiasmo que caracteriza a un fan por aquello que le gusta. Tampoco es que lo llegara a ser antes, la verdad, pero algo había. Me contento ocasionalmente con poder ver un libro firmado, con acudir a algún concierto, con hacer determinadas cosas pero sin esa sensación de manía persecutoria. Sigo rehuyendo al final de los últimos lanzamientos y estoy actualmente inserto en una vorágine de lecturas que se corresponden a los titulados clásicos, esa buena literatura. Y disfruto, ese factor no se ha perdido. He encontrado el placer en leer tanto a Galdós como un romance medieval, en divertirme con el ingenio de Quevedo o sentir un escalofrío al leer a Cernuda. Incluso dentro de este mundillo siempre reivindicaré cual fan enloquecido a un poeta tan olvidado como Vicente Aleixandre. Pero todos estos grandes nombres no me impiden repasar la estantería de mi casa y ver esos títulos malos, esos bodrios y sentir la tentación de perderme en sus páginas. De buscar la misma evasión que muchos otros lectores en el mundo. Y encontrar que no todo es tan oscuro ni todo es tan blanco.

Mi conclusión es ecuánime y aristotélica, moderada en cierta forma. A mi forma de ver, existen dos ejes, dos ejes muy evidentes y que suelen provocar la confusión de muchos lectores que tratan de puntuar una lectura. Son dos ejes que rigen el análisis personal de una obra: el eje de la calidad y el eje del gusto. Si somos lectores entrenados (rehuyo decir buenos lectores, eso queda relegado para quienes piensen que existen los malos lectores), seremos capaces de discernir cuándo una obra es buena y cuándo mala dentro de determinados parámetros (la comparación con otras novelas similares, su aportación al mundo literario, su inclusión con la tradición, su influencia en obras posteriores, su estructura, su capacidad expresiva...), pero también de saber si nos ha gustado o no a pesar de sí misma. Porque sí, podemos reconocer que una novela no es una obra maestra y, sin embargo, también que hemos disfrutado mucho de ella. Porque no, no todos los libros (ni películas, por cierto) son obras maestras y, mucho más importante, tampoco lo pretenden.


Quizás por eso no me complacen aquellas críticas que se pasan de frenada, aquellas que no son capaces de valorar nada positivo de una obra (aunque seamos sinceros, también hay obras que no hay por dónde cogerlas) o, por contra, que no son capaces de observar ningún defecto en su visión positiva e idealista de un libro. Cuando repaso algunas lecciones (y me refiero a lecciones inconscientes) que me han dado determinados profesores, me he percatado de un hecho curioso: el profesor que me hizo enamorarme del Quijote, ante el cual mostraba también un gran entusiasmo, fue también la misma persona que me hizo observar sus defectos, porque los tiene, y eso no resta valor ni importancia a la obra. 

Hace poco comenté en una reflexión que a cualquier lector podría gustarle o no esta célebre obra española, pero por mucho que se empeñe, no podrá negar su calidad, al menos no dentro de los parámetros de su época o de su influencia, o incluso de haber sido en muchos casos la primera obra en reunir unas características tales como para considerarla la primera novela moderna. En efecto, te podrá no gustar por mil motivos, pero resultará difícil (sino imposible) defenestrarla como obra literaria. Por cierto, también es frecuente encontrar entre los motivos para que no te guste algo, no haber alcanzado una interpretación satisfactoria de lo que lees, es decir, un cierto grado de incomprensión bien porque sea intrínseco a la obra (que esta sea difícil de por sí o que su desarrollo sea nefasto), bien porque no se cuenta con la requerida preparación (porque no nos engañemos, hay muchos libros cuyas claves residen en cosas extraliterarias, por lo que resultará imposible que nos guste sin dominar esas claves).


Sobre esta cuestión aquí desarrollada, digamos mi teoría de los ejes de calidad y gusto (que es un nombre extravagante, pero muy al caso), me gustaría resaltar dos aspectos. El primero tiene relación con los prejuicios literarios. El segundo, con la educación literaria. En el primer caso, un repaso a la historia literaria nos hará ver cómo obras que tuvieron éxito en su momento han podido ser olvidadas o pasar por épocas de "oscuridad" hasta ser recuperadas con posterioridad, así como obras que fueron machacadas por la crítica de su momento y después han gozado de un prestigio inaudito, lo que demuestra que en muchas ocasiones los parámetros de calidad (el canon) no tienen la razón absoluta. En cierta forma, me gustaría aquí reivindicar una situación que, creo y espero que sea así, está variando en los últimos años: la situación de los conocidos como géneros menores, tales como el género negro, la fantasía, la ciencia ficción y algunos otros, que siempre han sido mirados con ciertos desprecio

Como pasa en todos los casos, existen obras buenas y malas, algo que no podemos dudar y que, reitero, sucede en cualquier género, pero denigrar toda una serie de obras por pertenecer o adherirse a un género, es un prejuicio que impide ver más allá de las etiquetas y, por tanto, alcanzar una valoración justa. Especialmente cuando lo hacemos en un eje de calidad, suponiendo que toda la ciencia ficción es mala per se, cuando en verdad se trata de un gusto personal: no me gusta la ciencia ficción. Pero ojo, caer en el movimiento centrípeto de leer un único género o tipo de literatura de forma exclusiva es igual de pernicioso, porque al final no crecemos como lectores, sino que nos enclaustramos. En relación a toda esta cuestión, también resulta ridículo ver cómo hay personas que opinan por tendencia, aún sin haberse acercado a la obra que critican o, peor aún, sin tener un criterio personal sobre la misma. Por eso, prefiero no opinar nunca sobra una obra que no he leído con mis propios ojos.


El segundo punto tiene relación a mi pensamiento sobre la educación literaria, que no desarrollaré aquí de forma completa, pero quisiera marcar un punto esencial. Creo que el sistema generalizado, en el que yo me eduqué y que por experiencia ha sido el mayoritario para muchos (¡ojo, me baso en datos de mi propia investigación de TFM, así que no me invento nada!) está equivocado. El sistema se basa en convertir la lectura en una obligación, pero considerando que "x" obras son las adecuadas para todos los alumnos, independientemente de su individualidad (esto es, sus gustos personales, su forma de ser, su nivel como lector). 

Y aquí entra un aspecto aún más nefasto: hay determinados alumnos que comienzan a ser lectores gracias a los bodrios que antes mencionábamos y eso puede conducir a un rechazo por parte del profesor (no voy a generalizar, espero y deseo que ya haya profesores de todo tipo, aunque esta situación la viví personalmente). Un rechazo que puede partir del desconocimiento ante toda una serie de obras por caer, de nuevo, en las etiquetas y, sobre todo, en la incapacidad para comprender que algo de tan poca calidad pueda gustar o servir de puente hacia otras lecturas a nuestros jóvenes. En este caso, creo que el rechazo a lo que a ellos les gusta puede llevar posteriormente al rechazo de lo que nosotros proponemos (o peor, obligamos).


En lugar de eso, la opción que prefiero es la de trazar líneas, puentes, hacia otras lecturas. En un ejercicio de literatura comparada, intentar unir lo que a ellos les gusta (eje del gusto) con lo que nosotros consideramos que se relaciona con ese gusto y que es de calidad (eje de calidad), otorgando no una, sino varias opciones. Eso supone un trabajo por parte del docente, lo admito... ¿pero acaso debe existir un profesor de literatura que no sea capaz de tener tales recursos, de llevar a sus espaldas cientos de lecturas o, al menos, conocerlas? Aquí corto, que como decía Michael Ende, esto es otra historia y debe ser contada en otra ocasión.

En definitiva, lo que he tratado de reflexionar con vosotros es sobre esas tendencias a calificar o descalificar toda una serie de obras sin encontrar lo positivo o negativo que puede haber en ellas. Sé que a veces gusta encontrar una irónica y satírica crítica sobre algunos libros o películas, sobre todo porque esa crítica se convierte en un tipo de lectura muy atractiva y, en ocasiones, inteligente, pero cuando nos propongamos evaluar seriamente una obra, debemos tomar una decisión: ¿será cuestión de calidad, de gusto... o de ambas? En ello radicará nuestro enfoque.

Y ahora os pregunto, ¿cuál es vuestro enfoque a la hora de valorar una obra?

Un libro no existe en tanto alguien no lo lea. Y nunca nadie lee el mismo libro.
Ana María Matute

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